Joaquín está a punto de entrar en su decimotercer campeonato de Liga, y es bastante plausible que decida colgar las botas. El mismo relámpago de inspiración que cayó sobre Tehching Hsieh podría aparecérsele a él, y que abandone todo en búsqueda del arte de verdad.
La carrera del interior diestro del Betis se viene apagando ya desde hace unos años, y el que era un gambeteador aguerrido y convocado indiscutible de la Roja es ahora un señor de 40 palos que no regatea ni en los entrenamientos y que está a una patada de un lateral especialmente brutote de que se le desintegre la rótula. Si juega la temporada que viene es casi un hecho que se convertirá en el jugador con más partidos de la historia de la Liga española, pero tiene que admitir que está en el ocaso de su carrera y que tiene que ir mirando a qué va a dedicarse para lo que le resta de cotizar. El tenis, su supuesta segunda opción, está ya bastante lejos de sus posibilidades. Pero no hay de qué preocuparse, porque hay algo que lleva mamando desde que era chiquitito, algo que le han dicho una y otra vez propios y extraños, algo que podría mantenerlo tranquilamente cuando peine canas. Y es que, como buen pisha del Puerto de Santa María, tiene musho arte.
El hoi polloi seguirá considerando inescrutables las obras clásicas de esta disciplina, aduciendo que el esfuerzo resulta escaso y el resultado asequible para cualquiera que tenga el tiempo libre necesario, y que si no toda la población mundial se dedica al artisteo es porque la única manera de triunfar es mediante el networking y el sicofantismo. Y porque alguien siempre tendría que renunciar a él para cultivar, por ejemplo, melocotones para que el resto pudiera alimentarse, y entre lo arduo que es dedicarse a la agricultura y lo simple que es, en comparación, colgarse yunques de los pezones mientras se recitan sonetos de Garcilaso de la Vega, resulta difícil pensar que hubiera una sola persona dispuesta a hacer ese sacrificio. Pero las masas, como sabemos por elecciones generales y festivales de Eurovisión, tienen una tendencia incorregible hacia la equivocación.
Los artistas de la performance llevan décadas subiendo el listón de lo imposible para evitar que la plebe crea que su trabajo está al alcance de cualquiera, pero nadie ha puesto al límite los confines del arte, así como de su propia paciencia, como el taiwanés Tehching Hsieh. Y como la única vía para el progreso es cruzar ese horizonte de manera perpetua, me parece poco probable que Joaquín logre establecerse como un referente en este campo.
A priori, Joaquín y Tehching tienen bastante en común, proviniendo de una familia humilde con una prole cuantiosa (el taiwanés vence 15 a 8 en cuanto número de hermanos, aunque Joaquín gana puntos por ser el pequeño de todos). Claro está, Hsieh nació en Taiwán en 1950 en lo más crudo de la disputa con la República Popular China, así que es probablemente que no sea como criarse al lado de la cuna de la chirigota.
Tehching decidió pronto que sus esfuerzos deberían ser puestos íntegramente en el arte, y tras un breve período como pintor se dio cuenta de qué las artes plásticas habían muerto con Pollock y tenía que cambiar de juego si quería ser alguien en el mundillo. Así, su ópera prima fue lanzarse de un segundo piso y romperse los tobillos en consecuencia, una materia a la que los británicos llaman "unas vacaciones normales y corrientes".
Tras recuperarse, optó por hacer uso la experiencia ganada saltando al vacío, repitiéndolo ahora en el mar y desde un petrolero en el que trabajaba como grumete. Una vez en el agua, llegó a nado a un muelle de Philadelphia, desde la cual se trasladó a Nueva York. Tenía 24 años, edad con la que Joaquín ganó su primera Copa del Rey como estrella del Real Betis Balompié. Allí trabajó de lo que pudo, lavando platos y fregando suelos, hasta que decidió convertir su estatus de perseguido como inmigrante ilegal en un estilo de vida a través de su arte.
En 1978, le sobrevino una epifanía, y es que si hay algo que tiene la ciudad de Nueva York, además de alcantarillas que sueltan humo por algún motivo, son maneras de sacar a la gente de quicio, y más a aquellos que en circunstancias normales de por sí tienen inclinaciones por caerse de edificios altos por amor al arte. Sin medias tintas, resolvió crear piezas con una duración de un año entero, durante el cual se dedicaría a existir con una serie de handicaps diseñados para deleitar a la flor y nata del arte y encumbrarle como icono supremo del extremismo creativo.
En septiembre de ese año, se metió en una jaula de 10 metros cuadrados con lo mínimo para cubrir sus necesidades básicas (un barreño, un cubo y una cama), inconsciente de que en unos cuantos años por esa superficie en Nueva York se pagarían cientos de dólares al mes. Cualquier posible vía de salida de esa prisión se selló con papel firmado por un escribano que, tras 365 días con sus noches, certificó que dicho papel no había sido dañado indicando que Hsieh hubiera podido escapar. Desde luego, no se puede acusar al taiwanés de no ser concienzudo. Si te pasabas por su apartamento cualquier mañana podías ver al bueno de Tehching ahí encerrado, quizá haciendo sus necesidades en el cubo con un poco de suerte, o recibiendo alimentos del mejor compañero de piso del mundo, un tal Cheng Wei Kuong, que accedió a proporcionarle comida y limpiar sus excrementos a cambio de, suponemos, tener el resto del inmueble para él y de que no oliera a heces todo el día.
El año en que nació Joaquín allá por la costa gaditana, Hsieh dio comienzo a su "pieza de exteriores", en la que juró no entrar en ningún recinto cerrado, en su lugar durmiendo a la intemperie en un saco de dormir. Lo que ahorró de alquileres lo empleó para comprar una cuerda de 2 metros que posteriormente, en 1983, usaría para amarrarse a la también artista Linda Montano durante otra vuelta alrededor del Sol, con la condición de nunca tocarse pero tampoco estar en habitaciones distintas, ante la atenta mirada de la rompedora compositora experimental Pauline Oliveros, pareja de Montano y a la postre notaria de la hazaña.
Su última proeza es quizás la más accesible para el ser humano de a pie, aunque depende considerablemente del tema que nos ocupa hoy, que es la definición verdadera de la palabra "arte": aquí Hsieh simplemente accedió a no consumir ni producir productos artísticos durante otro año, con lo que si nos referimos a visitar el Prado y acudir a una ópera, es posible que el propio Joaquín haya conseguido igualar este hecho unas cuantas veces en su vida, o incluso yo mismo. Sin embargo, si tenemos una concepción tan inclusiva del arte como la tita del bético, Hsieh no hubiera tenido más remedio que desintegrarse en 1985 y recomponerse en 1986 para poder evitar tener contacto sensorial con edificios, ropa de cualquier tipo, o chistes de Lepe.
Esta pieza sirvió de preparación para la más ambiciosa hasta la fecha, un plan a trece años, como si de financiar un chalé en Torrevieja se tratase, para elaborar arte prescindiendo de su exhibición pública, lo cual me provoca cierta reacción del tipo "si un árbol se cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo...", pero hemos aprendido a confiar en Hsieh a estas alturas. Así pasó el hombre más de una década, creando obras que nadie jamás ha visto, hasta el día en que empezó el tercer milenio, en el que publicó una nota de prensa en la que usó recortes de periódico, a lo asesino en serie, para mandar el siguiente mensaje: "Me he mantenido vivo. He superado el 31 de diciembre de 1999" y acto seguido... *redoble de tambores*: ¡retirarse de manera definitiva del arte! Habiendo dado todo lo que pudo a este mundo, se alejó del mundanal ruido y montó una tienda de ultramarinos en Brooklyn con su tercera esposa (un momento, ¿cómo es posible que le diera tiempo a casarse DOS VECES mientras se dedicaba a todo esto?). No he encontrado fecha exacta de su renuncia, pero por motivos de sincronicidad finjamos que coincide exactamente con el debut de Joaquín en el primer equipo verdiblanco, allá por el verano del año 2000.
Otra casualidad, o no: Joaquín está a punto de entrar en su decimotercer campeonato de Liga con su Betis de toda la vida (ha sumado siete más en las filas de Valencia y Málaga), y es bastante plausible que, como Hsieh, decida colgar las botas tras trece años en la máxima competición con este club. Se le ve más como colaborador ocasional de Bertín Osborne que como pretendiente a la corona del arte experimental, pero el mismo relámpago de inspiración que cayó sobre Tehching Hsieh podría aparecérsele a él, y que abandone todo en búsqueda del arte de verdad, y no el que provoca que sus allegados le rían las gracias. Sería un acto de justicia divina, en mi opinión.
Y si realmente hay un Dios ahí fuera, uno que equilibrara el balance total de nuestra realidad, un contable omnipotente que hiciera encaje de bolillos con el debe y el haber existencial, Tehching Hsieh, artista retirado de 71 años, debutaría con la elástica del Betis la temporada que viene. Sólo pido eso.




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