Un analista político maduro usaría términos como "la futbolización de la política", "la polarización de la opinión" o "pactómetro". Yo no soy de esos, así que no debería sorprender que mi postura sea la siguiente: si algo hay que hacer, es prescindir de toda fachada y transformar los debates en puro circo al cien por cien.
De todos es sabido que las elecciones justas no existen. La democracia representativa, el bipartidismo, los tripartitos y el sufragio universal son males menores por los que hemos optado al no haber alternativa más válida al menos de momento. En España, una combinación de distribución por escaños que cada cuatro años pone en tela de juicio aquel que pierde, y la fragmentación de movimientos políticos medio solapados que hace que lo reaccionario e imperturbable se mantenga siempre en la cima ha convertido lo que debería ser una fiesta de la libertad en una lata a la que nos vemos semi-obligados a contribuir.
Permitir al populacho elegir a sus gobernantes es un peligro atroz que damos por hecho y que cada vez amenaza más con plantar a un psicópata al frente de todas las naciones del planeta. La gente no está informada, y uno de los motivos es que el que debería ser el frente en el que los programas de cada partido se expusieran y debatieran educadamente, los debates, se han convertido en una marrullería digna de plató de Telecinco, con gente hablando por encima de los demás, reduciéndose toda discusión a una ristra de ad hominems y en general terminando con aquel que ha gritado más como vencedor.
Un analista político maduro y avezado empezaría aquí a usar términos como "la futbolización de la política", "la polarización de la opinión" o "pactómetro". Yo no soy de esos, así que no debería coger por sorpresa a nadie que mi postura sea la siguiente: si algo hay que hacer, es prescindir de toda fachada de foro de puesta en común de criterios y transformar los debates en puro circo al cien por cien.
Vayamos por partes: sí que es cierto que, en términos menos controvertidos, hay otra medida que adoptaría primero, la misma que se aplica en Francia y otros países: la existencia de una segunda vuelta en la que las dos listas más votadas se enfrentaran. Mi razonamiento para esto no proviene de algún oscuro sentido de justicia, si no por el hecho de que el ciudadano medio apenas puede contener cuatro o cinco ideas en su cabeza, a lo sumo, y comerle el tarro con sesenta y siete líderes de partido distintos puede ser quizá hasta letal. Si no, pregúntale a cualquiera si conoce cuál es la diferencia entre los manifiestos del Partido Comunista de los Pueblos de España y el Partido Comunista de los Trabajadores de España: si te responde correctamente, es probable que deba estar en prisión.
Creo que jugaría en beneficio de los españoles, o los habitantes del territorio que se decidan por seguir mis sugerencias, igualar un poco el terreno y no dar protagonismo a los mismos de siempre. Es por eso que la primera vuelta no sería una elección al uso en la que todos y todas estaríamos llamados a las urnas, si no que se celebraría sobre el escenario de Tú sí que vales. Allí, ante la atenta mirada de un jurado profesional formado por Risto Mejide, Belén Esteban y Carlos Latre, los candidatos a la presidencia harían el intento de encandilar a sus electores mediante el método de su elección, para lo cual tendrían exactamente 60 segundos. Alguno podría tirar por el camino tradicional y saltar su discurso, pero creo que conozco las inclinaciones del trío decisor y si algún pretendiente saliera a escena haciendo malabares con leones en llamas tendría bastante más atado su pase a la final.
Risto, Latre y la Esteban acabarían acotando la lista de aspirantes, reservándose en todo momento el derecho a reemplazar a alguno de ellos por sí mismos para mayor tensión televisiva. Una vez queden dos personas, se dará por concluida la selección y se ejecutará a todos los que no pasen el corte por aquello de mantener fresco el panorama político.
A partir de aquí todo se desarrollaría de manera más o menos normal, solo que sustituyendo los debates emitidos públicamente por contiendas de otra entidad. Quiero aquí hacer un inciso histórico, porque es cierto que todo lo que sea enfrentar a dos personas, y como tal a sus fandoms, en la política como en cualquier otra faceta de la vida, es una receta perfecta para que se desate una guerra civil si no se trabaja concienzudamente en calmar los ánimos del electorado.
Con tal de suavizar esas actitudes, quiero sin que sirva de precedente mirar a EE.UU, más concretamente al estado de Tennessee en 1886. El partido Demócrata, por aquel entonces y como ha sido y será hasta el fin de los tiempos, estaba sumido en lizas internas entre la facción pro-granjeros y los liberales de toda la vida que no han pisado un huerto en su vida. Oliendo sangre, los republicanos nominaron a un candidato que podía robar algún votillo de aquellos más indecisos por esa inestabilidad, Alf Taylor. Intentando poner fin a sus diferencias, los demócratas sabían que solo había una persona posible que pudiera tener alguna oportunidad de mantener la amenaza roja a raya, y ese era Robert Taylor, el hermano de Alf.
Estar en bandos contrarios no significó que los hermanos fueran a sobrepasar los límites de la decencia en sus actos públicos, y más cuando sonaba que el padre de ambos podría ser elegido para representar a los prohibicionistas (los que querían ilegalizar el alcohol), aunque aquello finalmente no sucedió. Así que, como debería hacer todo funcionario que se presente a unas elecciones, sustituyeron las soflamas y los insultos por ROCK AND ROLL A TOPE, MALDITA SEA:
¿De verdad quieren que vaya a votar sin saber a cuál de los innumerables candidatos se le da mejor el breakdance? ¿Es que hemos perdido el oremus? No sé ustedes, pero en un mundo donde la queja más habitual sobre nuestros líderes es que "todos son iguales", estaría mucho más contento si supiera que mi presidente puede tener ciertas carencias en materias de política exterior, pero hace el spagat como nadie.

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