La entrega del pasado lunes ha sido una de las más excitantes: traiciones, giros, y un desastre en los fogones que supuso la inesperada pérdida de uno de los concursantes favoritos de los jueces.
La décima temporada del más grande concurso culinario de la televisión está llegando a su fin, y desde luego promete tener una de las conclusiones más apoteósicas que se recuerdan. La entrega del pasado lunes ha sido una de las más excitantes: traiciones, giros, y un desastre en los fogones que supuso la inesperada pérdida de uno de los concursantes favoritos de los jueces.
Aún nos estábamos recuperando de la súbita renuncia de Luismi, que se vio forzado a dejar su aprendizaje en las cocinas por su repentina conversión a una variante recóndita del zoroastrianismo que lo obliga a mantenerse al menos a 50 metros del enchufe más cercano, cuando Pepe, con lágrimas en los ojos, inauguró el programa dando paso a los seres queridos de los participantes. Uno por uno, y con una efusividad que justifica la emisión en horario protegido, madres, padres, amantes, hermanos y hermanas fueron a abrazar a sus personas amadas. Qué gran momento televisivo cuando Claudia y Chippy, su amigo invisible de la infancia que sólo puede ser visto por aquellos puros de corazón, se fundieron en un intenso beso de tornillo ante los vítores de los allí presentes.
Las risas pronto se volvieron llanto cuando Jordi, con tono severo, confesó que los invitados no estaban aquí para ayudar a cocinar o participar en una cata a ciegas, si no para ser cocinados ellos mismos. Media docena de ollas tamaño XL fueron dispuestas sobre unos hornillos especialmente diseñados, y entre gritos y súplicas los familiares directos de los concursantes se vieron pronto inmersos en agua en proceso de ebullición hasta el cuello. Samantha, siempre insensible, berreó: "¡ESTA PRUEBA SE LLAMA ESTOFA A TU MADRE! QUEREMOS SABOOORRRR".
Verónica se debatió entre utilizar o no su pin de la inmunidad, que le hubiera ahorrado el mal trago de tener que hervir a su novio, pero como confesó entre bastidores: "hay muchos peces en el mar, pero oportunidades para ganar MasterChef sólo hay una en la vida". Los insultos del pobre muchacho mientras veía su piel en carne viva despegársele del cuerpo hacen pensar que Vero tomó la decisión correcta.
La madre de Adrián, el benjamín de la edición, dio instrucciones a su hijo para lograr el punto perfecto, y le recomendó el maridaje de sus carnes morenas con un poquito de comino y estragón, sugerencia que Adrián siguió a pies juntillas mientras la mujer se le iba. Menos ayuda fue la de David, que profería continuadas muestras de decepción. "¡Sube el fuego! ¿Has probado de sal? ¡Echa ya las patatas!", decía, hasta que David la metió en el abatidor y no se volvió a quejar. María Lo, por su parte, hizo un suculento mar y montaña con su padre hongkonés, al que amenó la tortura llenando la olla de langostas vivas. Con la vista en la final, no era el momento de ponerse sentimental, afirmaba ella.
Los jueces finalmente consideraron que los platos de Patricia, que preparó a su psicóloga al gratén con un lecho de zanahorias baby y una teja de Torta del Casar, y el del propio Jokin, cuya sobrina pequeña resultó "deliciosamente tierna" a Pepe Rodríguez, fueron los mejores de la prueba. Por el contrario, dictaron que el plato de Claudia carecía de cierta enjundia ("A Chippy no lo veo por ninguna parte", sentenció Jordi), y la vistieron con un delantal negro que la enviaba directamente a la prueba de eliminación.
Con las emociones a flor de piel, era el momento de pasar a exteriores. Con los ojos vendados, los concursantes fueron en helicóptero hasta la isla de La Palma, donde los jueces les recibieron vestidos de pitufos, cosa que en ningún momento fue comentada por nadie. Simplemente sucedió.
El reto iba a ser cocinar un menú completo para 200 comensales, entre los cuales se contaban 10 víctimas directas del desastre volcánico del pasado año, y 190 funcionarios del cabildo canario. Como siempre, habría un giro: en lugar de vitrocerámicas y hornos de inducción, los platos debían ser cocinados sobre el aún humeante y ardiente suelo de lava, para lo cual contaron con la protección especial de unas manoplas con forma de Minion.
El equipo liderado por Patricia, compuesto de María Lo, Adrián y David, debía preparar una ensalada tibia de agaporni patagónico con arena de guayaba y topacio en dos texturas, y un plato más contundente de vieira graduada en Magisterio a la espuma de cilantro y bizcocho de tungsteno. Jokin, junto con Verónica y Claudia, optó por lo que todos estuvieron de acuerdo era el menú más simple: un trampantojo de bocadillo de buey wagyu en jugo de kimchi y colonia Nenuco, y el dulce postre, una clásica tarta Tatin de manzanas cultivadas en plutonio con helado de chicle de clorofila a medio masticar. Menú diseñado por uno de los canarios más queridos del mundo, Rafa Méndez, que perdió el sentido del gusto el día que apareció en un videoclip de Melody.



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