Voy a hablar de algunos ejemplos que os harán pensar dos veces antes de dar por hechas ciertas suposiciones en las que habéis basado vuestra manera de entender la cultura humana, y que demuestran que nuestro mundo es más complicado de lo que parece.
Tenemos compartimentado nuestro conocimiento de una manera bastante cerrada, adhiriéndonos a estereotipos manidos y aplicando la navaja de Occam en casos donde hace falta un machete para desentrañar misterios insondables. Nuestras cortas miras nos fuerzan a pensar que las capitales africanas deben ser poco más que oasis medio cubiertos de arena y no
megalópolis de propio derecho, o que no pueden existir
catedrales cristianas en Bagdad, o que los nativos americanos viven en tipis y no en
comunidades normales y corrientes con McDonalds y todo.
Esos instintos prejuiciosos deben ser eliminados si queremos caminar hacia una sociedad justa y equitativa, y he hecho de tal objetivo mi misión. Así que, sin más dilación, voy a hablar de algunos ejemplos que os harán pensar dos veces antes de dar por hechas ciertas suposiciones en las que habéis basado vuestra manera de entender la cultura humana. Unos pocos se deben a casualidades, otros a errores, o quizá a caprichos de gente poderosa, pero todos demuestran que nuestro mundo es más complicado de lo que parece, y que intentar simplificar nos hará parecer pazguatos a ojos de los demás en más de una ocasión.
1. Este palacio renacentista del siglo XVI se encuentra muy lejos de Europa
La familia Borgia es sinónima con muchas cosas: las conspiraciones, el envenenamiento, y por supuesto su generoso mecenazgo a artistas como Rafael, Miguel Ángel, o Pinturicchio. Su facilidad para enfrentarse con los clanes de la época les llevó a la perdición, y una vez se acabaron las vacas gordas de los papados a dedo y el libertinaje, a muchos les tocó huir si querían evitar que sus cabezas acabaran en la estaca de algún Medici o similar.
Uno de ellos fue
Emilio Borgia, bisnieto del papa Alejandro VI, que en 1557 y amenazado porque el patriarca de los Sforza, Ascanio, había puesto una recompensa de 5000 florines por su pescuezo, embarcó en un navío veneciano hacia Brasil, apenas descubierta unas décadas antes por Vespucci. Allí, con los exiguos ahorros de su estirpe en la mano pero con una perspicacia digna de sus predecesores, amasó fortuna con la exportación del azúcar, y se dio el gusto de construirse un palacete, el
Palácio do Toro, llamado así en honor al animal que figuraba en el escudo familiar, sito cerca de la ciudad de Belém.
Con el arquitecto milanés Domenico della Porta a la cabeza, montó un complejo de tres hectáreas en el que vivió hasta su muerte por lo que se sospecha que fue paludismo a los 43 años. Sin prole, el terreno y todo lo que había en él pasó a ser propiedad del gobierno local, controlado por Portugal, que lo convirtió en una lonja para uso y disfrute de los muchos pescadores de la zona, función que sigue cumpliendo en nuestros días.
2. Un Cristo de mármol viaja a un insólito destino
Si hay algo que los cristianos hacen bien es infundir el respeto con esculturas colosales, y este es el caso del Cristo Rey que un obispo polaco del siglo XVIII llamado
Zygmunt Duczyński patrocinó para su erección en la ciudad de Lodz. El trabajo se prolongó durante años para acomodarse a las exorbitantes exigencias del cardenal, obsesionado con superar el
Cristo Salvador de Bohemia, acabado unos años antes. Con unos 50 metros de altura y un peso de más de 150 toneladas, esta imponente escultura gobernaba la localidad a vista de pájaro, insuflando el temor de Dios a sus habitantes.
Pero alguna fuerza superior no estuvo de acuerdo con la obra: el otoño de 1884 fue implacable, con tormentas y vientos huracanados asolando Europa del Este durante semanas. La víctima más insospechada fue la estatua del Cristo, por la que pasó un vendaval de fuerza imparable que, en palabras de un testigo de los hechos, "
lo levantó en volandas, un signo de un apocalipsis por venir". El gigante de mármol desapareció del promontorio en el que estaba, y nadie supo nada de él hasta que seis meses después un ganadero vio una enorme cabeza de piedra en una zona inhóspita de Jordania. Pronto, más piezas empezaron a localizarse.
Oriente Medio no es el destino ideal para representaciones cristianas, pero el reino de Polonia firmó un tratado con el Reino Unido, gobernador por aquel entonces del ahora país árabe y que se negó a devolvérselo a su legítimo propietario alegando "designios divinos", para al menos proteger al Cristo. Cuando Jordania logró su independencia en 1925, acordó respetar ese acuerdo bajo amenazas de fuertes sanciones, y aún continúa en esa ubicación, a las afueras de la ciudad de Kerak.
3. Un puente que estuvo sobre el Támesis cruza ahora un canal en Arizona
Cuando pensamos en Londres nos viene a la cabeza la niebla, el Big Ben, y los autobuses rojos de dos pisos, pero desde luego lo que no se nos ocurre es imaginar el cálido sol del oeste americano. Pero cuando el empresario y magnate de las motosierras
Robert P. McCulloch viajó a la capital británica se enamoró de un puente, y no uno cualquiera, sino EL puente de Londres. El flechazo lo llevó a negociar con el gobierno y la alcaldía de la ciudad para obtener la estructura y llevársela, piedra a piedra, al otro lado del Atlántico.
McCulloch, como todo buen ricachón en la época de bonanza post-Segunda Guerra Mundial, había comprado un buen terrenito y fundado una ciudad a las orillas del
Lago Havasu, en el estado de Arizona. Para darle una ubicación adecuada, el millonario aprovechó para dragar el canal de Bridgewater, dando lugar a una isla artificial a la cual se accedería desde este nuevo puente. En 1971, y tras tres años de arduo trabajo, se pudo inaugurar al público, y ahora se cuenta entre las atracciones turísticas más admiradas de la zona del Mojave.
Por sorprendente que parezca, Londres tuvo a bien vender el puente por la suma de 2.5 millones de dólares, más la cesión de una pequeña porción del terreno que poseía McCulloch, y que luego Londres arrendó de vuelta a su antiguo propietario a cambio de
una figurita Hopi. Un trato que parece relativamente asequible y hace que se antoje difícil entender por qué no ha habido ningún otro afortunado con la misma idea.
4. Una pirámide perfectamente egipcia aparece unos cuantos kilómetros más al sur
Sigue habiendo dudas y teorías bizarras sobre el origen de las pirámides, pero si hay algo en lo que parece que hay acuerdo, es en que fueron los faraones y faraonas egipcios los que daban orden de levantar las pirámides, esos descomunales monumentos de caliza, generalmente para sus futuros enterramientos pero también para dar empleo, que nunca está de más. Ilusionado con tener una tumba digna, Meryhathor II de la Decimotercera Dinastía comenzó los planes de lo que sería la pirámide de Thedet.
Aquejado de viruela y viendo que la ocupación de dicho mausoleo podría ser inminente, decidió que sería una estructura relativamente humilde para aligerar su construcción, con lo que apenas llega a la altura de 27 metros. Esta urgencia provocó también, sin embargo, una pequeña confusión a la hora de dirigir a los equipos que pondrían las piedras en su sitio. Por lo que los historiadores achacan a un error de transcripción, los obreros designados marcharon con sus materiales por el desierto, pasándose por mucho su destino inicial de Aswan para acabar caminando más de 1000 kilómetros hasta Eritrea. Resulta encomiable su abnegación, sin duda, aunque es probable que unos pocos albañiles murieran en el proceso (lo cual quizá también explica el reducido tamaño de la pirámide).
Por desgracia, Meryhathor murió catorce años antes de poder ver su túmulo finalizado, así que como era costumbre en el Egipto para los faraones sin nicho, se le lanzó al Nilo como ofrenda al dios Hapi. En Thedet, por tanto, no hay cadáveres, así que no recomendamos a ningún ladrón de tumbas que se atreva a profanarla.
5. La catedral de Dunedin migró a Canadá por motivos escabrosos

Dunedin es la séptima ciudad más grande de Nueva Zelanda, especialmente famosa por ser la cuna de bandas de rock indie como The Clean o The Chill, pero en 2005 saltó a las noticias de medio mundo por una razón más dramática, el obispo de su diócesis,
Stuart Reinger, fue condenado a dos años de prisión por fraude, tras haber estafado decenas de miles de dólares en contribuciones de sus feligreses para el desarrollo de proyectos privados.
Evadiendo sus responsabilidades fiscales, Reinger encontró un alma gemela en el párroco
David Ullman de Winnipeg. Este anabaptista, famoso también por sus excéntricos tweets en apoyo a movimientos
fringe como los terraplanistas, se ofreció como defensor de causas perdidas y permitió a Reinger trasladar su diócesis a Canadá y continuar sus obras de caridad, si bien a 14000 kilómetros de su ciudad de origen. Al tiempo, el a priori respetable Zacharias Spencer fue elegido como nuevo obispo de Dunedin, provocando así una especie de cisma que a día de hoy continúa sin resolverse.
Así es como la antigua Iglesia de la Fe Bíblica de Winnipeg pasó a considerarse también oficialmente la Catedral de la Santísima Trinidad de Dunedin. Ullman y Reinger ahora se turnar cada semana en celebrar la misa en dicha parroquia, ya que si bien es probable que ningún neozelandés haya aparecido por Manitoba a recibir la santa Comunión, la comunidad de Winnipeg ha acogido con los brazos abiertos al kiwi, que prosigue su lucha incesante con unas autoridades que le han dejado más bien por imposible.
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