Yo crecí con Mortadelo, devorando las historietas esas de 400 pesetas hasta destrozar los lomos. Fui influido por Ibáñez más que por casi ningún otro individuo en mi tierna infancia. Esto, según parece, es problemático.
La entrega del pasado lunes ha sido una de las más excitantes: traiciones, giros, y un desastre en los fogones que supuso la inesperada pérdida de uno de los concursantes favoritos de los jueces.
De vez en cuando, a todo iluminado entre los cuales me incluyo, se le ocurre diseñar un lenguaje completo con el criterio que más o menos le apetece.
La explotación de la tragedia para el espectáculo está bastante mal. Lo hemos visto en cada concurso de televisión, así que si se ha convertido en tópico, es porque la gente empatiza con esos aspirantes a la fama que se atreven a cantar, bailar, o partir sandías a cabezazos pese a haber sufrido la pérdida de un ser querido, o de alguna extremidad.
Voy a hablar de algunos ejemplos que os harán pensar dos veces antes de dar por hechas ciertas suposiciones en las que habéis basado vuestra manera de entender la cultura humana, y que demuestran que nuestro mundo es más complicado de lo que parece.
Un analista político maduro usaría términos como "la futbolización de la política", "la polarización de la opinión" o "pactómetro". Yo no soy de esos, así que no debería sorprender que mi postura sea la siguiente: si algo hay que hacer, es prescindir de toda fachada y transformar los debates en puro circo al cien por cien.
Joaquín está a punto de entrar en su decimotercer campeonato de Liga, y es bastante plausible que decida colgar las botas. El mismo relámpago de inspiración que cayó sobre Tehching Hsieh podría aparecérsele a él, y que abandone todo en búsqueda del arte de verdad.
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